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Con la vida atragantada, de Alejandra Dening.

En el reino de la poesía, la imagen es la realidad primera: no representa nada, no simboliza nada, vive su propia vida y gobierna, por sus sucesivas metamorfosis, tanto el alma del poeta como la del lector. Surgidas de los sueños del artista, transmutadas en gérmenes de palabras y en ritmos, -la “escritura” es su mediadora-, las imágenes tienen la virtud esencial de comunicar sus vibraciones al alma del lector. Esto es lo que logra esta joven creadora, Alejandra Dening, porque está Con la vida atragantada: nos envuelve “mimetizados” en un “packaging” existencial que cuestiona de raíz el “espejismo” de la “herencia” de una “ciudad de canteros”, esa “Buenos Aires Narcisa”, esa “tierra desterrada” de “marginados”, donde tú -lector- y yo -otro lector- tenemos “miedo”, “esperanza”, “decepción” y “neurosis”. Estamos con ese “dolor adentro”, en estado de “conmoción” e “impotencia”. Aunque vayan “los obsequios en aumento”, las “exequias” de los “árboles/enrejados/acuchillados/mutilados/muertos” aparecen en el “cementerio, con las raíces sepultadas en cemento”. Y la “multitud” de “cuerpos, cuerpos cuasi-muertos”, hace que el “profeta“ se disculpe, porque ni sus manos ni su alma “tienen sentido”. Aunque Alejandra Dening diga: “Tengo un dolor/lo tengo/pero no sé para qué lo sostengo”, la “angustia intrusa” aparece “hermanada” como un “imán”; en realidad está viva y espera “un hechizo/que corrompa al designio”; sigue “ensayando” e interroga al futuro sobre si llegará “la sal de la vida” cuando “se sequen” sus “mares de lágrimas”.

Esa posibilidad de “decisión” da cierto margen a una libertad “condicionada” y sostiene una “inocencia desesperada/frente al preludio de lo imposible”. Porque Alejandra enuncia: “yo te amo” y el amor se despliega “hasta en esos susurros/sin voz”. Y, aunque las “palabras” sean “frías”, allí está la poesía, que cubre con su escritura el “silencio” de “seguir la vida”. Esa poesía que es como el fuego que la poeta quiere sacar para que el mundo no se queme más y ella se “quede desnuda por completo”. Ese fuego ilumina y produce un pensamiento-imagen: la llama vive, vacila, palpita y guiña, no como un tiempo pesado y mineral, sino como un tiempo que fluye, animado y orgánico, propio de la duración humana. Esta “voz de las imágenes” nos conduce a una suerte de ritual religioso que se hace plegaria (“Déjame, déjame/por Dios, te suplico/abrazarte en suspiros/y desmembrar esta pena/muriendo contigo”) y desemboca en un “ojalá” que plenifique el amor.

El poemario emana un fuerte olor a humanidad: el hecho de que se trate de una escritura que proviene de lo más elemental (su esencia) del alma, hace que nos veamos cara a cara con la vida. Aquí aparece el ser humano en su estado “puro”, es decir, quizás “im-puro” (=´en estado puro´).
           
Los deseos, escalonados, suben, al correr de las páginas, hasta encontrar la “compañía” de las palabras: Alejandra le pide a  Emilse todo lo mejor que una persona le puede otorgar a otra: aquello que sólo puede ser regalado por una boca. También nosotros, los lectores, esperamos que esta joven poeta (nació en 1975) siga con su “juego”, para ver si quiere “empezar de nuevo”.

Enrique Ernesto Pagani
Buenos Aires, 10 de julio de 2007



Enrique Ernesto Pagani nació en Buenos Aires. Su actividad se divide entre la poesía, el teatro (actor y director), el ensayo, las investigaciones académicas, las traducciones y la docencia universitaria. Ha efectuado diversas publicaciones y tiene, además, obra inédita.